lunes, 1 de abril de 2013

VIVIR EN LAS NUBES


Todos los días, María (una niña de ocho años) soñaba con ir a las nubes. Un día, María le preguntó a su madre (Alejandra) que cómo sería vivir en las nubes del paraíso y su madre le respondió que en las nubes del paraíso no se podía vivir. Como Alejandra vio que su hija se estaba poniendo triste, dijo rápidamente que si deseaba muy fuerte y con mucha ilusión su deseo se cumpliría. Alejandra quería intentarlo (por si acaso funcionaba) porque le habían dicho que las nubes estaban hechas de oro. Ella era muy avariciosa y lo intentó, pero como no tenía el corazón puro no lo consiguió.

La niña, inocentemente, quería llevar a su madre a las nubes porque sabía que quería ir y cogió un cochecito mágico que le había regalado su padre antes de morir del que Alejandra no conocía su existencia. Ya montada en su cochecito convenció a su madre para que subiera, y debido al corazón puro de la niña las dos subieron al cielo.

Cuando llegaron a las nubes del paraíso vieron que estaban todas cubiertas por una capa del más puro oro que parecía que no había sido nunca mancillada por la mano humana. Había también árboles de zafiro con manzanas de rubí. Madre e hija estaban en el principio de un camino de cristal tallado por encima de las nubes doradas. Con la boca abierta y nada más llegar lo primero que hizo Alejandra fue coger todo lo que le cupiera en los brazos, pero María (que era muy católica) la detuvo con una mano. Con expresión horrorizada le dijo que estaban en el paraíso, en un lugar sagrado, y que no debían mancillarlo con sus manos impuras.
Alejandra (que era atea) dijo que tenía razón y que deberían irse ya. La niña, aliviada, se subió al cochecito delante de su madre sin sospechar que en realidad no pensaba precisamente en desaprovechar ese tesoro...

Cuando llegaron era ya de noche y Alejandra e hija cenaron sopa de día anterior y se acostaron. Al día siguiente, Alejandra le hizo el desayuno a su hija y le dijo que iba el supermercado. María la creyó y se fue a jugar con sus juguetes. Mientras tanto, su madre cogió el cochecito mágico sin que la niña se diera cuenta y consiguió ir al cielo, porque mientras subía pensó en cosas bonitas y tuvo el corazón puro por unos momentos. Cuando llegó, se volvió a maravillar por la pureza de aquel lugar. Con una malévola sonrisa en los labios, Alejandra se dispuso a coger todo lo que le cupiera en las manos. En cuanto rozó la capa de oro que recubría las nubes, un temblor retumbó en todo aquel mágico lugar. 
Como salido de la nada, una enorme figura apareció sobrevolando el paraíso. Con una voz que salía de todas partes y a la vez de ninguna, la voz de aquel ser que se hacía llamar diablillo (era un diablillo menor, no muy poderoso, pero eso ya era suficiente para hacer temblar de miedo a una simple humana) le comunicó que era el dueño de aquel paraíso. Ya que no podría osar una persona de corazón tan impuro como Alejandra siquiera entrar, cómo podía atreverse a intentar robar. 
Para castigarla, decidió atacarla. Alejandra, a pesar de estar muerta de miedo, tuvo la osadía de responderle diciéndole que cómo la pensaba atacar. Por toda repuesta, una horda de magníficos, blancos y puros ángeles armados apareció tras el diablillo. A la mujer le temblaban las piernas como flanes y con las escasas fuerzas que le quedaban y el corazón a mil por hora corrió a refugiarse detrás de un árbol dorado. El árbol, como respondiendo a las órdenes de su dueño, se apartó de modo que la mujer quedó a la vista de los ángeles.
Con una mirada que parecía contener todo el universo y una fría sonrisa inexpresiva, el que parecía ser el capitán de la horda dio una orden y todos los ángeles tensaron los arcos cargados con manzanas doradas. A la segunda orden del capitán todas las manzanas fueron disparadas hacía Alejandra. Ella, con un grito se hizo un ovillo en el suelo para protegerse de la lluvia dorada.

Horas más tarde, Alejandra se levantó, herida y magullada pero milagrosamente viva. Con el orgullo por los suelos se puso de rodillas frente a las magníficas criaturas aladas pidiendo clemencia. El diablillo, al ver que los ángeles habían dejado de disparar, le dijo furioso al capitán que continuaran atacando. El ángel le fulminó con la mirada diciéndole que aquella mujer ya había sufrido bastante y que no era quien para mandarles a ellos, las criaturas divinas. Que ellos habían acudido sólo para castigar a una humana retorcida que osaba entrar en el paraíso, pero que no pensaban matarla. 
El diablillo, muerto de miedo, bajó la mirada en señal de sumisión, y, de aquella forma, encogido del miedo, no parecía tan terrible, pensó la humana. Al ver el brillo de burla en sus ojos, el ángel se volvió a la mujer y la hizo encogerse de miedo. El diablillo, ya que no era rival para un ángel poderoso y menos a una horda entera de ellos, con una expresión aparentemente arrepentida, le dijo al capitán de los ángeles que para castigar su osadía le concedería a aquella pequeña mujer humana una explicación por lo que acababa de pasar. El ser alado asintió conforme, aunque en el fondo desconfiaba del ser demoníaco. Con una orden de su capitán, la horda se retiró. 
Una vez que los ángeles solo eran diminutos puntos en la distancia, el diablillo invitó a Alejandra a sentarse en unos sillones que parecían haber salido de la nada. Una vez sentados el diablillo se presentó como Yergol, y le empezó a relatar la historia. Yergol le contó con una sonrisa malévola que todos lo diablillos y diablos tenían como hogar un pequeño paraíso en las nubes, y que aquel era solo uno de los miles de paraísos que había en el cielo. Pero no solo eso, que 

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